Creo que el título me salió un poco más largo de lo esperado...
Oh, bueh.
(Círculos dentro de círculos)
Era una calurosa y atareada tarde en el puerto. Hombres gruesos acarreando mercancías, comerciantes gritando alabanzas a sus productos, todos de los más diversos colores y razas. Aquel puerto era bien conocido como uno de los puntos claves de las más usadas rutas comerciales, lo cual lo convertía en una pintoresca mezcla de todos los hombres del mundo. Ahí, en medio del gentío acalorado, caminaba un hombre, de aspecto más bien peculiar.
Era ligeramente más pequeño que el promedio de los hombres que circulaban por ahí, llevaba el pelo corto y una barba descuidada. Usaba ropas del desierto, como casi todos ahí, pero aún así tenía un aire que lo delataba como extranjero. Su caminar denotaba tranquilidad, y su mirada se posaba despreocupadamente en todo lo que ahí había: parecía buscar algo entre los puestos de venta.
Entró en un callejón, sin parecer seguro de a donde iba, más con determinación. En él encontró un reducido bazar, que se especializaba en la venta de libros.
Eran libros de todo tipo: habían tratados de álgebra de los árabes, biblias de los franceses, novelas rusas... pero el hombre no buscaba nada de eso.
Siguió caminando, hasta llegar a un rincón del callejón en el que se encontraba un toldo de colores celestes. Bajo él, unos montones de libros se erguían cuales dunas de arena. El hombre se detuvo, y examinó con curiosidad los de un cúmulo cercano. De improviso, una chica de aspecto tranquilo y vivaz salió de detrás de uno de los montículos de libros y se acercó al hombre. No llevaba la cara cubierta, como las demás mujeres, sino que llevaba un ligero vestido de verano inglés. Esto pareció llamar la atención del hombre.
-¿Busca algo en específico, señor? -Preguntó la señorita, para tranquilidad del hombre, en inglés.
-S-sí, busco libros de música... -Replicó lentamente el hombre, como pensando las palabras, con un notorio acento francés.-
-Pues es usted suertudo, señor. Soy la única que posee tomos de ese tipo en este callejón. -Dijo la sonriente la chica, orgullosa.
-¿Podría verlos, por favor? -Pidió el músico, con honesta curiosidad, tanto por los libros como por su vendedora.
-Por supuesto que sí, sígame usted. -Dijo la vendedora; acto seguido ya se había puesto en marcha entre los libros.
El músico siguió pues a la vendedora, la cual lo llevó al interior de una pequeña casa de una sola habitación. Ésta estaba repleta de estantes llenos de textos de cualquier tipo, pocos de ellos encuadernados. Eso, y una pequeña cama.
-Los libros delicados se mantienen aquí para que no se dañen con la arena o los compradores inescrupulosos. -Dijo la chica como al aire, concentrada buscando algo en los estantes.-Y los libros de música son bastante delicados. -Esta vez se tornó para sonreírle al hombre.
-Sí que lo son, pero su significado es más fuerte que el de mil tratados de ciencia.- Replicó el hombre, sonriente tanto por su orgullo de artista como por el interés que parecía demostrar aquella vendedora en aquellos libros. Ella parecía adorar su arte, así como él adoraba el suyo. Y su mente comenzó a trabajar rápidamente.
-Concuerdo completamente.- Dijo ampliando su sonrisa la vendedora, para luego sacar un libro de entre unas cajas polvorientas. -Tome. -Le ofreció un libro de encuadernado azul al hombre.
-Dijo que tenía más de un libro...
-Sí, pero algo me dice que éste en particular podría interesarle... ¿O me equivoco? -Preguntó la chica, al ver la cara de sorpresa en el hombre al leer el título del libro: "Vida y Obra de Frédéric Chopin".
-¿C-cómo supo...?
-Bueno, es evidente que es usted francés, y que es músico. Por lo tanto, sería natural que usted buscara libros de artistas franceses o medio-franceses.
-¿Y cómo supo que era Chopin, particularmente?
-Oh, eso fue sólo una corazonada. Además, me gusta su música, y usted parece ser un caballero de buen gusto. -Esta vez el hombre sonrió. Se sentía muy agusto con esa chica que acaba de conocer... se propuso entablar una conversación más personal. Pero la chica se le adelantó:
-¿Desde cuándo que está usted aquí?-Preguntó la dama, mirando por la ventana, hacia el mar.
-Unos cuatro días, más o menos.
-¿Es usted un viajero?
-Sí que lo soy. Desde hace ya unos meses que me he dedicado a viajar por ahí. Y usted, ¿Desde hace cuánto que está aquí?
-Llegué hace poco menos de un año, junto con un grupo de mercaderes holandeses. Al poco tiempo se dedicaron al juego y no los volví a ver. Yo me conseguí unos cuántos libros por ahí y me puse a venderlos para conseguir dinero suficiente como para volver a Europa.
-Pero, si me permite juzgar sus vestidos, parece usted tener dinero suficiente como para viajar.
-Tal vez... tal vez esté esperando otra cosa para volver a Europa... -La chica se queda pensativa un momento, luego mira al hombre, resoluta. -¿Cuándo pretende volver a Europa, señor...?
-Pierre. Pretendo volver en cuanto antes, pero ando falto de fondos...-En este momento ambos cruzaron las miradas. El hombre no sabía el nombre de la chica, no sabía quién era. Ella sabía que no podía confiar en los hombres que viajaban a ese puerto, y apenas sabía el nombre de éste. Pero ambos sabían que no tenían mucho que perder, y que les hacía falta el otro para el viaje, de una u otra forma.
-¿Estás pensando lo mismo que yo?
-Algo me dice que sí...
-Creo que bien podríamos conversar un poco antes de hacer cualquier cosa... Ah, y mi nombre es Eleanor.-La vendedora estiró su mano hacia Pierre.
-Es un verdadero placer conocerte, Eleanor.
-Igualmente.
Y así se conocieron.