lunes, 2 de septiembre de 2013

Azul y rojo


El hombre cerró la puerta tras de sí, y a la luz danzante de la chimenea y su abrasador calor, se quitó su sobretodo, suspirando, y se fue a su habitación. A medida que subía por las viejas escaleras, crujientes y nostálgicas, vio por las sucias ventanas luces como fantasmas provenientes de la zona alta de la ciudad y su reflejo refulgiendo en el río. Suspiro de nuevo y esbozó una pequeña sonrisa para sí mismo. Siguió subiendo, haciendo que su mano palpase suavemente el pasamano. La madera tibia y pulida lo recibió gustosa. Contó el crujir de cada uno de los escalones: uno, dos, tres, cinco, ocho.
Se le hizo curioso notar que, en ese momento tan trivial, se sentía feliz. Apreciar detalles tan banales como los de una escalera vieja, aún en medio de la adversidad que enfrentaba, lo tranquilizaban: sabía que ahí estaba a salvo de todo lo que lo acosaba a lo largo del día: la gente, el hambre, el frío, la realidad. Era ese su palacio, tenía ahí todo lo que necesitaba.
Al llegar a su cuarto cerró la puerta –sin llave, no hacía falta- y, a medida que morían de a poco las notas de un piano del apartamento contiguo, se recostó en su cama, con el cuerpo y la mente adormilados. Con las manos bajo la cabeza, contempló como en el techo se reflejaban luces provenientes de una ventana rectangular junto a su cama. Poco a poco, el azul reverberado del piano fue dando paso al rojo crepitar de la chimenea, moribundo también. Cerró los ojos y suspiro una vez más. Giró en su cama, se acurrucó e hizo una última imagen mental antes de entregarse al sueño.

  Después de imaginarse un bote descansando en el agua, suspiró hondamente. Era como si de un sueño se tratase: todo tenía un aspecto más vivo, difuso y etéreo; el cielo, las luces reflejadas en el río, las tristes ventanas del adusto edificio que frente a él se erguía, todo parecía irradiar una especie de electricidad que lo atenazaba y lo mantenía en un estado de alerta y temor. Forjó la cerradura antes de que su pulso no diera más.
Apenas logró entrar, echó un fugaz vistazo a la habitación: una chimenea, una ventana, una escalera. Corrió por ella, maldiciendo cada uno de los crujidos que daban sus saltos por los escalones: dos, cuatro, seis, ocho. Maldijo las ventanas: daban demasiada luz y podía ser visto. Sentía el latir de su corazón al compás de sus zancadas, se esforzaba por aguantar su respiración. Al terminar de subir se encontró con una puerta cerrada, la maldijo ya que, aún sin cerrojo, sus manos temblorosas por la adrenalina apenas podían abrirla. Y entonces entró furtivamente, presionando violentamente algo en su bolsillo con sus dedos, expectante.
 Al ver que el hombre –aún vestido- parecía estar dormido, se permitió examinar mejor la habitación, tal vez para aprovechar la ocasión y echarse algo al bolsillo.
 Junto a la cama había una ventana del alto de la pared, que daba directamente al río que atravesaba la ciudad. Aparte de la cama, sólo había un guardarropa maltrecho, el cual probablemente haría demasiado ruido como para ser registrado. Maldijo de nuevo.
 Mientras todos estos pensamientos cruzaban su cabeza a la velocidad del rayo, de pronto escuchó un piano en la habitación contigua. Al principio no le prestó mayor atención, pero un mórbido deseo de escuchar lo atrapó, y como por encanto abandonó todo esfuerzo por evitar hacerlo.
 A medida que reconocía la melodía que resonaba débil y melancólicamente al otro lado del tabique, sus dedos comenzaron a suavizar el agarre de su arma. Sus pensamientos se fueron lejos, muy lejos, años atrás: mientras caminaba por algún pueblo perdido buscando comida se metió a un bar, de esos con pianos, si, tenía mucha hambre, pero la música, oh, esa música era demasiado para él, casi se olvidó del pan que le ofrecían por admirar aquello… decidió trabajar en ese bar como mozo sólo para poder escucharlo a diario, tenía comida de sobra y tenía donde dormir, eran tiempos mejores, si, lo escuchaba todos los días mientras le servía a la gente risueña sus platos y vasos y chistes. Se había hecho amigo de los otros mozos, había conocido a una joven que siempre visitaba el lugar… había decidido ahorrar pero no era suficiente, nunca era suficiente para poder hacer algo más que comer, pero hacía falta la plata, no podía hablarle así como así; que habían otras formas de ganar dinero, le dijeron, si bien no tan honestas como ser mozo de bar de cuarta… pero tenía que hacerlo, oh, lo haría por ella, sería justo y habría valido la pena, era simple, sólo tenía que seguir las órdenes, ir allá y hacer eso y sólo eso, no era difícil pero aun así ahí estaba… ¡Ahí estaba! Estaba a los pies de la cama de un hombre del que jamás había oído sólo para acabar con su miserable vida. Porque era miserable: aquella habitación no era más grande o lujosa que la suya. Pero le habían dicho que era millonario y podía robarle todo, del rico al pobre… era necesario y moralmente correcto, le dijeron…

  En eso una inesperada retomada violenta del piano despertó de golpe al hombre, el cual, llevado por la adrenalina cobró una velocidad y una fuerza inauditas: saltó de la cama como un resorte y arremetió contra el asaltante casi por instinto. Éste, asustado de sobremanera, apenas pudo mantenerse en pie mientras intentaba inútilmente sacar de su bolsillo el revólver que le habían dado para cumplir su tarea. Fueron segundos que le parecieron horas, no sabía qué hacer contra aquel atacante: forcejeaban violentamente, chocando contra el guardarropa, las paredes viejas, resoplando. Al fin logró echarle la mano al revólver, y lo apuntó como pudo hacia su contrincante.
 Sonó claramente un solo disparo.
 El hombre, sorprendido por el clamor del arma, palpó su pecho. Borbotones escarlata emanaban de él. El otro hombre, aprovechando la conmoción, empujó con todas sus fuerzas al herido, el cual chocó de espaldas contra la ventana, rompiéndola y con su peso cayendo hacia el río.
 Un torbellino de colores, dolores y recuerdos recorrieron su cabeza a medida que su cuerpo caía metro por metro hacia su muerte. Se dio cuenta de que le habían dicho lo correcto. Debió haberse quedado donde estaba y no haber ido ahí. Ahora lo perdía todo… recordó la promesa que había hecho de llevarla de paseo en bote por el río. Ah, la ironía…
 Tres segundos después su cuerpo chocó violentamente con el agua oscura del río que reflejaba las luces de la zona alta de la ciudad.
 Suspiró extenuado. No alcanzaba a creer lo que acababa de suceder. Con las manos en las rodillas, recuperando el aliento, vio cómo la roja sangre del hombre se mezclaba sutilmente con el agua azul.
 No notó que el disparo había asustado a los vecinos, que ya no tocaban el piano.  Ni que la chimenea ya se había apagado.
 Parecía haber un tácito silencio por el bandido y sus esperanzas.