jueves, 7 de noviembre de 2013

El clamor de los aplausos no bajó su intensidad a medida que bajaba del escenario. Mientras alternaba mi mirada entre ojos que no reconocía y puntos perdidos entre el público, estrechaba manos, agradecía cumplidos y sonreía sin pensar. Mas apenas me fundí con el público mismo, cuya agitación les impidió notarme, me deshice del corbatín y la expresión de satisfacción. Escapé del auditorio. Mientras aceleraba el paso me desabotoné los primeros botones de la camisa y la chaqueta, para dejar entrar el aire de la noche y dejar salir el mío. Cuando ya sólo se veían unas cuantas parejas y fumadores, caminé más lento. Subí la escalera al segundo piso, sabía que no había nadie ahí. Las luces del pasillo estaban apagadas, sólo entraba una poca luz por los ventanales. Entré a un baño oscuro. Vi el espejo por el rabillo del ojo.
"Soy Aureliano", mascullé. Y luego un suspiro.

El resto de la noche me lo pasé vagando entre los autos del estacionamiento, por los pasillos abandonados y entre la gente enloquecida, recibiendo aún alguna felicitación esporádica. No le creía a ninguno de ellos. Suspiré y me alejé. 
(...)