Supuse que era una mejor idea seguir rompiendo promesas y volver para hacerme creer a mi mismo que rayar con la megalomanía sería la única forma de no arremeter contra todo lo que es santo y puro -de nuevo-. De manera que a pesar de tener toneladas de basura más significativa que subir, me contentaré con este borrador automático porque, por supuesto, la necesidad momentánea siempre tiene la razón.
Ah, y los títulos los evito porque intento ser lo menos pretencioso y lo más ambiguo posible.
Pero dejando los metalingüismos de lado, debo declarar que no estoy muy seguro de qué es lo que está pasando. Si bien es bastante agradable, sería bastante inverosímil si lo viésemos bajo el lente de la ortodoxia. Quiero decir, estas cosas simplemente no pasan, o más bien, no debería permitir que sucediesen.
Pensándolo bien, desde hace hace un par de meses que las cosas se han puesto místicas. O sea, desde siempre han tenido color de libro, pero ahora es por lo bueno. Bueno, antes también era por lo bueno, pero luego me fui a la mierda y al cabo de un tiempo creo haber vuelto. Creo. Si, digamos que si.
Pero insisto, las cuestiones epistemológicas relativas a escribir aquí y luego publicarlo me siguen jalando hacia el cuestionamiento autoreferencial. Siempre el maldito cuestionamiento autoreferencial, que se cola en mi prácticamente todas las veces que intento lograr algo decente. ¿Se dan cuenta de lo triste que es que la incertidumbre racional se filtre en todos y cada uno de mis intentos de existir? Es simplemente malsano.
Porque la monodialéctica me tiene un poco harto; el dualismo contrapuntístico siempre me fue agradable pero a estas alturas y considerando la coyuntura actual ya casi por inercia me caigo en dirección general hacia una eudaimonía improbable y ambigua, como lo está siendo justo ahora.
Y si, encripto como condenado porque eso es lo que hay. Insisto en lo del principio de abstracción introvertida, junto con la mimesis artística. Es bueno alejarse del moralismo platónico y hundirse de lleno en el lago más allá del umbral de la intuición y el sentido común. Porque eso es la substancia de todo esto, en realidad. Y el que piense que es otra cosa, puede ir ya saliendo por la puerta de atrás.
Sigo sin saber, sin embargo, qué es peor: el gris barroco o el azul impresionista. A saber, esto o lo otro. Supongo que para ustedes la diferencia es nula. Si, por supuesto que lo es. Al fin y al cabo, las dicotomías ontológicas nunca existen sino para uno mismo.
Ah, y aquí hay otra duda, en caso de que se me olvide: ¿que pasa si la melodía, en la concepción tradicional del término, es la manifestación per accidens de la armonía per se? Asignarle el grado de esencia podría fundamentar el principio de abstracción aplicado a la estética, explicar la emancipación de la tonalidad en la segunda mitad del siglo XX y cómo esta afecta al oyente a medida que avanza en la escala de complejidad armónica, o caracterizar la introspección idealista versus el sentimentalismo romántico (modalismo versus cromatismo). También explicaría las armonías paralelas tales como los dominantes suspendidos o los acordes cuartales. Aplicado al ritmo, podría implicar diferencias filosóficas entre el rubato ligado y los compases de amalgama en staccato. Nótese como nunca variamos del dos.
Etc, etc.
Las lucubraciones y elucubraciones no paran sino cuando estoy perdido. Lo cual no es el caso justo ahora; no completamente, en todo caso. De una u otra forma, los párrafos de cuando estoy en eso estado son aún más deplorables que los de más arriba. De manera que, insisto, permanecerán bajo llave hasta que sean demandados. Sigo creyendo acérrimamente que la lírica, tan pasada a llevar como está, no tiene mayor valor para nadie. Siempre es 'sólo cursi', de manera que considérese usted servido de su ración diaria de objetivismo. Aunque sea indigerible.