De una u otra forma, las tengo aquí, y decidí transcribirlas, sólo como recuerdo.
He aquí la primera:
He aquí la primera:
El hombre caminaba por la calle, solo, en una tarde parda de otoño. Gustaba de pisar las hojas muertas, caminaba sobre ellas con las manos en los bolsillos. Al llegar al centro del parque, se detuvo y se sentó en un banco.
El tenue viento que venía de las calles solitarias barría tímidamente las hojas del suelo frente al hombre. Éste se quedó mirándolas, llevado tal vez por el ocio, o tal vez por un presentimiento.
Las hojas formaban un ligero vórtice, debido al viento, se movían de forma intermitente, a ritmo irregular, el hombre miraba esto sin atención alguna. Pero al cabo de un rato, el hombre notó que las hojas se movían de forma constante. Progresivamente, el viento iba aumentando, hasta llegar al punto en el que las hojas se arremolinaban violentamente frente al hombre.
Eran tantas las hojas, y tan violento el viento y su clamor, que aquel remolino parecía ser una verdadera aparición. Sin embargo, el hombre no denotaba temor alguno. Al contrario, parecía haber estado esperando este fenómeno. El remolino en sí, rebosante ahora de vida, revoloteaba a escasos centímetros de la banca donde el hombre, con actitud de espectador, estaba sentado. Las hojas, entonces, susurraron:
-¿Cómo sabes de nuestra existencia?
-No lo sé, sólo le presto atención a las hojas.
El demonio sonrió.
-No es eso. Muchos hombres pasan por este lugar y le prestan atención a las hojas, pero ninguno de ellos nos ve.
-Ellos lo hacen para pasar el tiempo, para esperar a que algo suceda. Yo le presto atención a las hojas porque ese es mi objetivo. No espero a que algo sucede. Veo como algo sucede, en el presente.
-Entonces, ¿Sólo por eso has logrado vernos?
-No exactamente. Además de eso, había oído de mi abuelo historias sobre un demonio de las hojas.
-¿Ah, sí? ¿Qué decían esas historias?
-Decían que, antes de que esta ciudad existiera, los árboles de este lugar no perdían nunca sus hojas, ya que el sol nunca dejaba de iluminarlas. Pero luego llegaron los hombres, y construyeron hacia el sol, el cual ya no podía iluminar a las hojas. Estas, tristes, tuvieron que abandonar a sus árboles, y cayeron al suelo, donde se dejaron mecer solitarias por el viento. Pero el viento, que adivinó su pesar, les ofreció su ayuda, y cada vez que ellas lo necesitaban él las movía. Pero a los hombres esto no les importaba. Mi abuelo supo esto porque, como yo, también sabía que las cosas sucedían en el presente, y le prestó atención a las hojas y a su tristeza. A cambio, ellas le revelaron este secreto. Pero tú no eres de esas hojas.
-¿Cómo lo sabes?
-Esas hojas sólo flotaban suavemente, para pasar el tiempo e intentar olvidar su tristeza. Tú eres un remolino, y soplas con violencia. Tú no flotas por tristeza, ni felicidad, ni odio. Tú no tienes razones para flotar.
-Y bien, ¿Para qué me dices todo esto?
-Debes flotar más suavemente, soplar sin prisa. Que soples así no te servirá para que los hombres se den cuenta de que estás aquí. Yo no me di cuenta por eso, fue sólo una casualidad. Si eres más tranquilo, y buscas una razón por la que flotar, tal vez otros hombres se den cuenta de que estás aquí.
-¿Y para qué quiero que se den cuenta que estoy aquí? Si no lo saben, puedo ir a donde quiera a mi voluntad, soy el viento y soy libre.
-Si se dan cuenta de que estás aquí, hablarán de ti, como se habló de las hojas que flotaban tristes. Se dirá de ti: "Oh! Ese es el que una vez fue un remolino, pero que un día decidió soplar suavemente entre los árboles y nos refresca en las tardes, así como una vez las hojas tristes nos hacían pasar el tiempo."
El remolino, pensativo, quedó mirando al hombre.
-Una última pregunta, hombre. ¿Quién eres tú?
-Oh, nadie en especial.
Dicho esto, el hombre se paró y caminó hasta perderse entre los edificios que se construyeron hacia el sol.
O al menos, parte de la historia.