domingo, 5 de mayo de 2013

Es impresionante lo que 88 teclas pueden hacerme pensar y sentir.
Es increíble lo que una persona puede hacerme sentir y pensar.
No dejan de sorprenderme ninguna de las dos cosas.
Sigo sintiendo lo mismo después de tanto tiempo.
¿Saben? La extraño, día a día.
La ternura en su sonrisa, lo profundo de sus ojos, su piel suave, su pelo largo y ondulado...
De manera constante mi mente ensueña una balada en su nombre, pequeña y grande a la vez, tan feliz que es triste, tan nostálgica que sobrecoge. Cuando me doy cuenta de cuán profundo es lo nuestro me sorprendo.
No se si este calor en mi pecho es por la alegría de saber que ella me ama o las ansias de verla de nuevo, o la nostalgia por nuestras risas fundidas.
Pero mi respiración de verdad se acelera de sólo recordarme abrazándola.
Creo que me gusta muchoo... onda, harto.
Como si fuese un niñito chico. Así de nervioso me pongo a veces.
Pero al mismo tiempo resuelve en algo más complejo, más intrínseco y florido, virtuosos pensamientos que se estiran velozmente a lo largo de una torre de aire celeste y nubes de algodón escarlata, llegando más alto que las palabras, las teclas y todo lo que pueda yo pensar.
Así es fácil comprender porqué se habla tanto del amor. Pero yo no he llegado a comprender el instinto, que no se comprende. Pero me doy cuenta de cuán insondable es esto.
Se que hablo una y otra vez de lo mismo, que todos también lo hacen, que es trillado. Pero no me importa.
Estos sueños inducidos por el retrato de una dama de semblante gentil lo valen, una y mil veces.
O más bien, la dama en si.
No es difícil indicar que me causa más que un par de cosas.
Digo sin tapujos que me es necesaria en mis pensamientos. Y en mis brazos.
Y es que la aaamoo... y no me cansaré de decirlo. Explícita e implícitamente.
La amo, la amo, la amo.
Es tan simple y tan complejo como eso.