domingo, 25 de agosto de 2013

(...) Y así, a la luz danzante de la chimenea y su abrasador calor, se quitó su sobretodo, suspirando, y se fue a su habitación. A medida que subía por las viejas escaleras, crujientes y nostálgicas, vio por las sucias ventanas luces como fantasmas provenientes de la zona alta de la ciudad y su reflejo refulgiendo en el río. Suspiro de nuevo y esbozó una pequeña sonrisa para si mismo. Siguió subiendo, haciendo que su mano palpase suavemente el pasamanos. La madera tibia y pulida lo recibió gustosa. Al llegar a su cuarto cerró la puerta y, a medida que morían de a poco las notas de cierto movimiento de la Suite Bergamasque en un piano del apartamento contiguo, se recostó en su cama, con el cuerpo adormilado pero la mente activa. Con las manos bajo la cabeza, contempló como en el techo se reflejaban luces provenientes de una ventana rectangular junto a su cama. Poco a poco, el azul reverberado del piano fue dando paso al rojo crepitar de la chimenea, distante y moribundo también. Cerró los ojos y suspiro una vez más. Giró en su cama, se acurrucó e hizo una última imagen mental antes de entregarse al sueño.
(...)