domingo, 25 de mayo de 2014

La cosa es muy simple, en realidad.

La música estándar suena muy bien y todo. Pero eso es todo.
La música modal (rock progresivo, alternativo, etc) es suficiente para pensar un poco. Lo suficiente para pasar unos minutos.
Las sincopas aceleradas de la samba y la salsa y la cumbia y cosas así sirven para alargar los momentos entre sonrisa y mirada, o algo así. Funciona mejor que cualquier cosa, en ese sentido.
El jazz y las séptimas en rubato sirven para colorear palabras. Todo muy lindo, pero hecho de aire.
El contrapunto barroco, el minimalismo clasicista y los derivados post-románticos son para el razonamiento analítico.
Por otro lado, esto... esto trasciende a todo lo demás.
Es, no sé, de verdad no sé.
Desde los tangos a los valses a los nocturnos, los colores con vida y la vida a colores y todas las personas que desde siempre piensan y hacen lo mismo y son parte de la misma rueda que no parará de girar mientras haya alguien que piense en alguien más o en el bermellón en el cielo o los árboles de una plaza.
La música de la radio sirve, si. Para pasar el rato. A veces están tan bien construidas que son como luces en las ventanas.
Pero esto es fuego que sube a las nubes y llena de mundos los ojos de los que se atreven a escuchar.
Espero hacerme entender con esto. Es el manifiesto de lo que sea que me empuja a todo lo que y digo y pienso y escribo y toco. Hacer sonar al destino, dibujar lo que no fue, pintar poemas en el aire, quemarse el pecho con cromatismos rojos y salvajes y rubatos que salen del mismo lugar que los te amos, compartiendo el blanco.

No pero en serio, eso es todo.
¿Cómo no pensar en absolutos y universales, teniendo todo esto a mi absoluta disposición? Es culpa de los libros y las cuerdas.
El resto son sólo consecuencias.